
NocturnaGuillermo del Toro y Chuck Hogan.
Suma de Letras, Madrid 2009.
550 páginas
Hasta la página 150 no es fácil reconocer qué se está leyendo. Toda la ola de marketing, con lanzamientos simultáneos a medianoche en varios países, sumado a una contratapa elocuente y un boca a boca que anunciaba "la novela que vuelve a los orígenes del vampirismo" para separarla del romanticismo del fenómeno Crepúsculo, no se siente ni evidencia en todo el primer tercio de Nocturna. Hasta el capítulo "El despertar" las referencias a la criatura de colmillos son meramente introductoras y casi tangenciales, lo que para un lector impaciente y seguidor del género puede ser intolerable, una incitación segura a abandonar el tomo. Sin embargo, una segunda lectura apunta a una estrategia de venta: este primer tercio intenta atrapar al aficionado al suspenso o misterio en general, aquel que supera el target etáreo de los obsesionados con los vampiros de la nueva era. Y lo logra, al menos hasta más allá del segundo tercio de la novela.
Chuck Hogan y Guillermo del Toro conocen muy bien su negocio. El primero tiene una nada despreciable carrera como bestseller de misterio (El príncipe de los ladrones), mientras que el segundo ya ha demostrado su dominio como narrador sin importar el formato, avalado por su nominación al Oscar por El laberinto del fauno en 2006. Ambos aunaron fuerzas para aterrizar en el papel un proyecto que en su génesis pretendía ser una serie de televisión. Al encontrarse con muchos obstáculos creativos (Fox, la cadena interesada, quería que fuera una comedia), Del Toro luchó porque su idea viera la luz, aun cuando tuviera que cambiar de plataforma. Así es como contactó a Hogan para narrar la reaparición de un vampirismo que nunca ha muerto, pero que ahora adopta un tono de plaga biomédica en lugar de aquella elegante propagación del mal mediante una clásica mordida de colmillos. El sorpresivo aterrizaje de un Boeing 777 con todos sus pasajeros muertos, más el descubrimiento de una desproporcionada caja de tierra muy parecida a un ataúd, es el punto de partida de un engranaje de personalidades y vidas que lucharán por impedir que estos hematófagos muertos-vivos se tomen Manhattan y, luego, el mundo.
Conforme se avanza en la lectura queda en evidencia que Nocturna fue escrita a cuatro manos: un autor recurre a una descripción de ambientes y escenarios al borde de lo poético, mientras el otro está más preocupado de las acciones y los personajes involucrados en ellas. De todas maneras, la estructura "por escenas" de la novela ayuda mucho al orden mental del lector, ya que cada parte se comprende por separado, pero se cohesiona bien en un todo, por lo que la escritura coral no alcanza a entorpecer el dinamismo de la historia. Sin embargo, no es suficiente para satisfacer del todo: el desarrollo por turno de los personajes "normales", el ritmo particular para revelar la información clave y todo el tiempo dedicado a las explicaciones científicas y anécdotas que recuerdan a las series Dr. House o CSI desvían la atención de lo que debería ser el centro, estos vampiros contemporáneos. Más cerca de Alien que del conde Drácula, los vampiros parecen zombies descontrolados que poco se reflejan en las criaturas con personalidad milenaria como las describió Bram Stoker, aun cuando los mismos autores han declarado que cada alusión es un homenaje al legado del escritor británico. Tienen a su favor, en todo caso, su intención de "repensar" el mito, agregando o quitando elementos de la leyenda a destajo, de los cuales la mayoría sí funciona en una orquestación moderna de entes terroríficos.
El último tercio de la novela es todavía más confuso. Las acciones que nos llevan al final son tan abruptas que todo lo sembrado en las páginas anteriores se vuelve prácticamente en su contra, y se hace necesario releer un par de capítulos para terminar de comprender cómo llegamos ahí. Así, las expectativas son cubiertas a medias en este ondulatorio primer tomo de la Trilogía de la Oscuridad, que deja deudas impagas y muchas preguntas para la segunda entrega.
Hasta la página 150 no es fácil reconocer qué se está leyendo. Toda la ola de marketing, con lanzamientos simultáneos a medianoche en varios países, sumado a una contratapa elocuente y un boca a boca que anunciaba "la novela que vuelve a los orígenes del vampirismo" para separarla del romanticismo del fenómeno Crepúsculo, no se siente ni evidencia en todo el primer tercio de Nocturna. Hasta el capítulo "El despertar" las referencias a la criatura de colmillos son meramente introductoras y casi tangenciales, lo que para un lector impaciente y seguidor del género puede ser intolerable, una incitación segura a abandonar el tomo. Sin embargo, una segunda lectura apunta a una estrategia de venta: este primer tercio intenta atrapar al aficionado al suspenso o misterio en general, aquel que supera el target etáreo de los obsesionados con los vampiros de la nueva era. Y lo logra, al menos hasta más allá del segundo tercio de la novela.
Chuck Hogan y Guillermo del Toro conocen muy bien su negocio. El primero tiene una nada despreciable carrera como bestseller de misterio (El príncipe de los ladrones), mientras que el segundo ya ha demostrado su dominio como narrador sin importar el formato, avalado por su nominación al Oscar por El laberinto del fauno en 2006. Ambos aunaron fuerzas para aterrizar en el papel un proyecto que en su génesis pretendía ser una serie de televisión. Al encontrarse con muchos obstáculos creativos (Fox, la cadena interesada, quería que fuera una comedia), Del Toro luchó porque su idea viera la luz, aun cuando tuviera que cambiar de plataforma. Así es como contactó a Hogan para narrar la reaparición de un vampirismo que nunca ha muerto, pero que ahora adopta un tono de plaga biomédica en lugar de aquella elegante propagación del mal mediante una clásica mordida de colmillos. El sorpresivo aterrizaje de un Boeing 777 con todos sus pasajeros muertos, más el descubrimiento de una desproporcionada caja de tierra muy parecida a un ataúd, es el punto de partida de un engranaje de personalidades y vidas que lucharán por impedir que estos hematófagos muertos-vivos se tomen Manhattan y, luego, el mundo.
Conforme se avanza en la lectura queda en evidencia que Nocturna fue escrita a cuatro manos: un autor recurre a una descripción de ambientes y escenarios al borde de lo poético, mientras el otro está más preocupado de las acciones y los personajes involucrados en ellas. De todas maneras, la estructura "por escenas" de la novela ayuda mucho al orden mental del lector, ya que cada parte se comprende por separado, pero se cohesiona bien en un todo, por lo que la escritura coral no alcanza a entorpecer el dinamismo de la historia. Sin embargo, no es suficiente para satisfacer del todo: el desarrollo por turno de los personajes "normales", el ritmo particular para revelar la información clave y todo el tiempo dedicado a las explicaciones científicas y anécdotas que recuerdan a las series Dr. House o CSI desvían la atención de lo que debería ser el centro, estos vampiros contemporáneos. Más cerca de Alien que del conde Drácula, los vampiros parecen zombies descontrolados que poco se reflejan en las criaturas con personalidad milenaria como las describió Bram Stoker, aun cuando los mismos autores han declarado que cada alusión es un homenaje al legado del escritor británico. Tienen a su favor, en todo caso, su intención de "repensar" el mito, agregando o quitando elementos de la leyenda a destajo, de los cuales la mayoría sí funciona en una orquestación moderna de entes terroríficos.
El último tercio de la novela es todavía más confuso. Las acciones que nos llevan al final son tan abruptas que todo lo sembrado en las páginas anteriores se vuelve prácticamente en su contra, y se hace necesario releer un par de capítulos para terminar de comprender cómo llegamos ahí. Así, las expectativas son cubiertas a medias en este ondulatorio primer tomo de la Trilogía de la Oscuridad, que deja deudas impagas y muchas preguntas para la segunda entrega.
Francisca Solar

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