
Charles Dickens está de moda en América. Hace tres semanas se estrenó la versión cinematográfica y 3D de «Cuento de Navidad», («A Christmas Carol») dirigida por Robert Zemeckis y protagonizada por Jim Carrey, y ayer se inauguró en la Morgan Library de Nueva York una lujosa exposición del manuscrito original de Dickens. La alta cultura y el entertainment se dan la mano para honrar al maestro británico. A quien por cierto se atribuye haber revivido la celebración en su país de la Navidad, que había llegado a estar prohibida en tiempos de Oliver Cromwell.
Dickens escribió esta novela corta en 1843 y lo hizo de un tirón. Hay quien la define como una «obra maestra instantánea», fruto de una escritura galopante, inspirada y característicamente eficaz. El autor da rienda suelta a sus tétricas visiones de la sociedad proletaria de la Revolución Industrial, con su negro trasfondo de bajas pasiones y de miseria, cebándose como es natural en los más débiles: los niños.
Poner todo eso en un fuerte contexto emotivo era el gran talento de Dickens. El protagonista de «Cuento de Navidad», Ebenezer Scrooge, es la versión victoriana de un moderno alcohólico del trabajo, pero con todas las «gracias» puestas del revés: es huraño, es estremecedoramente tacaño y nadie le aguanta ni le quiere. Aunque poco que le importa a él, insensible a todo el sufrimiento que hay a su alrededor, por ejemplo en casa de su empleado Bob Cratchit, que tiene a su pequeño hijo enfermo.
El cuento es la historia de la espectacular mutación moral de Scrooge, para nada espontánea. Es más bien el resultado de la visita de una serie de conminatorios espíritus navideños, el último de los cuales, casi a la manera del ángel de «Qué bello es vivir», muestra a Scrooge qué futuro le espera si no cambia. Aterrado, éste hace propósito de enmienda -nótese que por miedo a la muerte, no porque se le ablande el corazón- y se transforma en una persona mucho más agradable y generosa. Puede que incluso mucho más feliz.
Este encantador milagro navideño emocionó a muchísima gente en 1843 y lo sigue haciendo ahora. Pero ese es más bien el negociado de la película. En la Morgan Library buscan una aproximación más virtuosa y académica. Exhiben el manuscrito para que el público se familiarice con las intimidades de la escritura de Dickens, no por rauda menos interesante. Al contrario, el texto está repleto de exigentes anotaciones y modificaciones.
La Morgan es muy aficionada a deleitar a su público fiel con manuscritos -ahora mismo se exhiben también algunos de William Blake y de Jane Austen- que te transportan a un tiempo en que el ordenador era impensable. Con lo cual queda constancia del sufrimiento del escritor para escribir. En este caso, más que sufrimiento, se aprecian ganas de acabar pronto, pero de ninguna manera rebajando el nivel. Son frecuentes las revisiones «rápidas y confiadas», según los conservadores de la Morgan Library, situada en la antigua residencia de Pierpont Morgan. Fue él quien adquirió el manuscrito de Dickens en 1890. Lo obtuvo de un asesor jurídico del escritor al que este se lo había ofrecido como regalo, encuadernado en bella piel encarnada.
La «rapidez y la confianza» que los expertos de la Morgan detectan en el pulso del manuscrito llevan a modificaciones que buscan un texto «más vívido» y un impacto de lectura «más inmediato». Dickens pule una y otra vez su lenguaje buscando las formas verbales más activas y las expresiones más concisas. Se busca decir lo máximo con las mínimas palabras posibles
Dickens escribió esta novela corta en 1843 y lo hizo de un tirón. Hay quien la define como una «obra maestra instantánea», fruto de una escritura galopante, inspirada y característicamente eficaz. El autor da rienda suelta a sus tétricas visiones de la sociedad proletaria de la Revolución Industrial, con su negro trasfondo de bajas pasiones y de miseria, cebándose como es natural en los más débiles: los niños.
Poner todo eso en un fuerte contexto emotivo era el gran talento de Dickens. El protagonista de «Cuento de Navidad», Ebenezer Scrooge, es la versión victoriana de un moderno alcohólico del trabajo, pero con todas las «gracias» puestas del revés: es huraño, es estremecedoramente tacaño y nadie le aguanta ni le quiere. Aunque poco que le importa a él, insensible a todo el sufrimiento que hay a su alrededor, por ejemplo en casa de su empleado Bob Cratchit, que tiene a su pequeño hijo enfermo.
El cuento es la historia de la espectacular mutación moral de Scrooge, para nada espontánea. Es más bien el resultado de la visita de una serie de conminatorios espíritus navideños, el último de los cuales, casi a la manera del ángel de «Qué bello es vivir», muestra a Scrooge qué futuro le espera si no cambia. Aterrado, éste hace propósito de enmienda -nótese que por miedo a la muerte, no porque se le ablande el corazón- y se transforma en una persona mucho más agradable y generosa. Puede que incluso mucho más feliz.
Este encantador milagro navideño emocionó a muchísima gente en 1843 y lo sigue haciendo ahora. Pero ese es más bien el negociado de la película. En la Morgan Library buscan una aproximación más virtuosa y académica. Exhiben el manuscrito para que el público se familiarice con las intimidades de la escritura de Dickens, no por rauda menos interesante. Al contrario, el texto está repleto de exigentes anotaciones y modificaciones.
La Morgan es muy aficionada a deleitar a su público fiel con manuscritos -ahora mismo se exhiben también algunos de William Blake y de Jane Austen- que te transportan a un tiempo en que el ordenador era impensable. Con lo cual queda constancia del sufrimiento del escritor para escribir. En este caso, más que sufrimiento, se aprecian ganas de acabar pronto, pero de ninguna manera rebajando el nivel. Son frecuentes las revisiones «rápidas y confiadas», según los conservadores de la Morgan Library, situada en la antigua residencia de Pierpont Morgan. Fue él quien adquirió el manuscrito de Dickens en 1890. Lo obtuvo de un asesor jurídico del escritor al que este se lo había ofrecido como regalo, encuadernado en bella piel encarnada.
La «rapidez y la confianza» que los expertos de la Morgan detectan en el pulso del manuscrito llevan a modificaciones que buscan un texto «más vívido» y un impacto de lectura «más inmediato». Dickens pule una y otra vez su lenguaje buscando las formas verbales más activas y las expresiones más concisas. Se busca decir lo máximo con las mínimas palabras posibles

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